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miércoles, 8 de abril de 2015

PASANDO EL LUDOMINGO CON EL SÍMBOLO ARCANO. CAPÍTULO 6. UNA ADVERTENCIA... DE UNA CONSPIRACIÓN.


Creéis estar cerca de vuestro objetivo y cada vez estáis más lejos. Pensáis que pronto llegará el descanso tras fatigosa batalla, pero no sabéis que esto no ha hecho más que comenzar. Predisponéis vuestras estrategias contra mi persona pero sabéis que no tendréis ni la más mínima oportunidad de victoria… Y sin embargo continuáis adelante. Habrá una cosa que echaré en falta cuando destruya vuestra raza, vuestra tozudez.”

Quizá sea la noche más exterior que hayamos tenido en nuestro museo favorito. Nuestros héroes se introdujeron en el interior del fastuoso edificio en busca de respuestas a sus preguntas y, lentamente, se han ido enclaustrando entre sus paredes, casi emparedándose con las mismas. Poco a poco van encontrado pistas y símbolos mientras  descubren los objetos más fabulosos (Espada de Gloria, el Libro de Dzyan o el mítico Necronomicón) y topan con los seres más extraños (un Gul o un Byakhee) que jamás hayan podido imaginar.
Empezaremos hoy con Amanda Sharpe que desapareció de esa Otra Dimensión y aparecerá en la Meseta de Leng, ¡junto a Monterey Jack!



La oscuridad lo inundaba todo a su alrededor, ella seguía sintiendo un ritmo en su interior que la propulsaba hacia no sabe qué lugar y hacia qué dirección. Pero la incertidumbre duró poco tiempo, aunque la sensación agobiante parecía perdurar eternamente en su consciencia. La desorientación era tal que Amanda pensó en una sensación similar a la que tuvo cuando de pequeña su madre la encerraba en el ático de su casa. Sabía dónde estaba y como era la geografía del espacio pero cuando su madre apagaba la luz y oía la puerta chirriar cerrándose, la invadía la desazón que borraba cualquier atisbo de racionalidad física y psíquica, empezando un proceso desorientativo que la hacía no volver a desobedecer a su progenitora nunca más, o por lo menos, hasta la próxima semana. En ese pensamiento se encontraba cuando una potente luz la cegó completamente. La primera reacción de la joven fue defenderse del fulgor amarillento sacando la única arma que poseía, la Espada de Gloria, y empezó a dar bandazos a diestro y siniestro. Cuando oyó un berrido descomunal paró de ejercitar su esgrima y abrió sus ojos. Ante sus lentes apareció un hombre de mediana edad, con un bigotillo depurado en su constitución capilar pero al mismo tiempo, correctamente definido en su acabado. A su lado había un perro que se mostraba rabiosamente alerta ante su presencia. El rostro del hombre era de asombro ante Amanda. La estudiante decidió cambiar de objetivo visual, siguiendo la miranda de aquel hombre hacia el suelo arenoso. La joven contempló asustada como el filo de su arma se encontraba incrustado sobre una cabeza peluda que poseía mil ojos. Asqueada, se apartó de lo que parecía una araña descomunal posicionándose al lado del hombre y del perro. Los tres contemplaban el cuerpo sin vida de la bestia y sus corazones no dejaban de bombear al mismo ritmo, el del terror.

 —¡Bu... buena puntería! —Alabó el hombre.
 —Gra… gracias.
 —¿De... de dónde saléis?
 —Cre… creo que de arriba. — Cabeceando desconcertada.
Monterey miró al cielo encapotado y después asintió. Una incongruencia más no le molestaba después de su fantástico periplo. Duque se calmó y se acercó a la joven rozando su piel con su pantalón.
 —Me llamo Monterey Jack. —Lanzó su mano hacia la joven mientras Duque ladró entusiasta.
 —Amanda, —seguía contemplando a la araña—. Amanda Sharpe.
La estudiante aceptó la rugosa mano del arqueólogo y juntos se miraron por primera vez después de la confrontación con la bestia.

 —¿Sabéis dónde estamos?

Monterey estaba a punto de contestarla. Iba a ser una respuesta contundente como aquellas que solía dar al principio de su carrera cuando estaba en la universidad de Miskatonic, ejerciendo como profesor frente al ejercito de sus alumnos.
    —¡EN LA MESETA DE LENG! --Se oyó una voz cavernosa.

El hombre miró hacia arriba, hacia el muro. Sabía dónde estaba y quería responder a la joven pero hubo alguien más rápido que él en contestar. Eso lo repateaba mientras Duque empezaba a encabritarse expulsando una fina y viscosa espuma por su hocico. Ante ellos apareció un ser envuelto en una túnica. Parecía alto y corpulento y sólo se podía vislumbrar unos profundos ojos oscuros mirándoles atentamente. La mirada, o la sensación de ser contemplados, era una fría y cargada de autoridad y desprecio. Al oír el nombre del lugar, Amanda precipitó su mente. Había oído, o mejor dicho, leído ese nombre en algún lugar pero… ¿dónde?
   —¡SOIS UNOS MORTALES DESPRECIABLES!
El ser saltó al vacío y ante ellos, empezó a caer levitando hacia posicionarse enfrente suyo y al lado de la cabeza sangrante de la araña gigante. De la túnica grisácea salió un brazo y una tersa mano acarició la peluda cabeza. Monterey y Amanda se dieron cuenta que el ser no tenía ojos sino unos agujeros en sus cuencas, tan profundos como abismos. El ser miró a la bestia y después al objeto que tenía clavado encima. La mano lo cogió y la Espada de Gloria se deshizo rápidamente, descomponiéndose molecularmente. Duque se asustó y salió corriendo desesperado.
    —No es humano. —Susurró a la joven.
    —¡No me digas! —Se burló Amanda mientras pensaba en dónde había leído el nombre del lugar.
    —Habéis matado  a mi mascota y, —se fue acercando a los dos—… ¡A LA DE MI SEÑOR!
Otra vez gritó y Amanda dejó de recordar llegando a una conclusión.
    —¿En el Viejo Diario? --Llegando a una conclusión mientras el extraño se detuvo bruscamente.
    —¿Qué?
La estudiante se sacó el tomo que encontró en la Otra Dimensión y lo ojeó al mismo tiempo que el ser la espiaba cada centímetro de su cuerpo. La mirada de Monterey se giraba hacia la joven sin perder de vista a la del extraño.
    —¡Te está mirando! —Avisó susurrante.
Amanda seguía concentrada en el interior del tomo hasta que llegó a la parte que más la interesaba.
    —¡Nos encontramos en otra realidad!
    —¿Otra realidad? Que yo recuerde la Meseta de Leng se encuentra en Mongolia, en Asia, en el Planeta Tierra. —Increpó el arqueólogo.
    —¡Inocente! --Sonrió el ser--. ¿Crees que esto es real?
El extraño se levantó parte de su túnica y dejó ver su desnuda barriga. Los dos parecían hipnotizados mirándola. Se empezaron a formar arrugas a la altura del estómago y repentinamente apareció un gran ojo. La pupila se les quedó mirando mientras que la arruga funcionaba como párpado ocular.
    —¡Madre mía!
Amanda cerró el Viejo Diario emitiendo una arcada.
    —No me extraña que mi señor Hastur quiera eliminaros.
    —¡El Rey Amarillo!
    —No valéis ni siquiera para sacar de vosotros lo mejor.
    —De ése también habla el diario. —Susurrándoselo al arqueólogo.
    —Es un viejo conocido. —Ironizó Monterey.
    —Bueno, ¡ya basta! —Se volvió a cubrir su cuerpo—. Habéis cometido un sacrilegio y antes de vuestro final, lo pagaréis con vuestra vida.
    —¿Nuestro final?
    —Sí, el vuestro como raza. —Retomó el acercamiento hacia los dos—. Estáis viviendo con tiempo prestado.
Automáticamente, tanto Monterey como Amanda empezaron a recular hasta que sus cuerpos chocaron contra la estructura de piedra. Parecían no tener escapatoria.
    —Pe… pero ¿Por qué?
    —Toda la vida habéis querido saber más y más. Y esa energía es vuestro motor que os llevará a la destrucción. No hay posibilidad de escape.
    —¡El apocalipsis!
    — Muchas religiones lo han llamado de muchas maneras y pronto se hará realidad.
Se detuvo drásticamente enfrente de los dos y se sacó una flauta de madera con seis agujeritos, empezando a tocarla suavemente. Las cuencas vacías empezaron a empequeñecerse y la otra mano, subió la túnica donde se encontraba el ojo. Una mirada maligna los espiaba mientras el ser no dejaba de tocar la flauta.
     —¡Existe una solución!
El ser dejó de tocar y bajó su túnica.
     —¡Qué decís!
     —Que podemos salvarnos…
Las cuencas del ser se empezaron a abrir otra vez, mecanicamente como si fuera un autómata mirándoles detenidamente.
     —En el Viejo Diario lo pone…
     —Seréis los primeros y los últimos humanos que profanáis el templo del Sumo Sacerdote de Hastur. —Miró el libro que tenía Amanda entre sus manos.— ¡Ese libro pertenece al Rey Amarillo!
En un amago el sumo Sacerdote quiso robar el libro a la estudiante pero esta lo esquivó desplazándose hacia la izquierda. La mano etérea del ser rozó a la de la estudiante. Monterey se abalanzó sobre el sacerdote de Hastur e intento detener su latrocinio. Inesperadamente, de la espalda del ser salió un musculoso brazo y un puño cerrado golpeó al arqueólogo en su rostro. El golpe fue brutal, produciéndose un desmayo contundente. El cuerpo de Monterey cayó a los pies del sumo Sacerdote. Amanda no perdió el tiempo y golpeó la cabeza del ser de tal manera que el lomo del libro, robusto y terminado en pico, se lo clavó en su sien. El ser se desplazó unos metros y mientras gritaba, se empezó a derretir. La túnica no tardó mucho en desaparecer ante los atónitos ojos de Amanda pero ante de su desaparición, el brazo del sumo Sacerdote consiguió alcanzar el Viejo Diario y hacerlo desparecer con su propio ser. La joven se quedó mirando la nada y después el cuerpo tendido de Monterey. El cielo se nubló completamente y empezaron a caer las primeras gotas. Amanda no se percató al principio porque estaba socorriendo al arqueólogo, pero cuando una gota rozó su piel, exclamó con rabia. La quemaba, no era lluvia sino una especie de ácido. Al mirar el suelo constató que dónde la lluvia golpeaba se creaba una pequeña cortina de humo. ¡Ácido! Las gotas empezaron a caer con mayor asiduidad rodeando a la pareja. ¡No tenían escapatoria! La lluvia rozó la piel del arqueólogo haciéndole despertar dolorido del golpe sufrido. El hombre miró extrañado la lluvia ácida.

  --Pero... ¿Qué es esto?

Los dos miraron en todas las direcciones buscando alguna salida a su precaria situación, pero la lluvia los iba cercando rápidamente. ¿Sería su final? Inesperadamente los ladridos de Duque regresaron al lugar, haciendo sonreír a la pareja.

  --¡Ese perro, te juro que si salimos de ésta, me lo quedo!

Duque se detuvo a una altura cercana a la pareja ladrando. Amanda desafió a la lluvia ácida y se apartó del muro unos metros. Los ojos de la joven pudieron ver lo que parecía una entrada."


Jenny, por su parte, en solitario va a descubrir muchas cosas acerca de la extraña niebla que rodea Arkham y un extraño símbolo dibujado en el suelo...



"Buscaba frenéticamente alguna salida al museo pero no la encontraba y a cada paso dado, oía más voces acercándose al mismo tiempo que la niebla se hacía más espesa en el interior del edificio. ¿Cómo era posible la formación gaseosa? La pregunta explotó en su mente pero esquivó su onda expansiva, evitando comerse más la cabeza, sobre todo después de lo que había vivido esa noche. ¡Había pasado de todo! Incluso había recordado a su nefasto progenitor. Pero la señorita Barnes no era de aquellas personas que se dieran por vencida tan fácilmente. No señor y la diletante continúo aventurándose por habitaciones y pasillos del museo. A medida que lo hacía notó un calor que provenía del Necronomicón. Se detuvo en frente de una sala oscura cuya puerta entreabierta la incitaba a resguardarse de las voces y de la niebla. Rápidamente el ente vaporoso hizo su presencia acercándose a la mujer. Entre el calor, la duda y el miedo, no lo dudó ni un segundo. Jenny se introdujo en la sala cerrando su puerta tras ella. Lo asombroso de la acción es que la niebla pasó de largo y se perdió por el final del largo pasillo del segundo piso del edificio. Su cuerpo se relajó apoyándose sobre la puerta al mismo tiempo que su esbelta mano pulsó el interruptor del interior. A la izquierda de la mujer existía una mesa con su correspondiente silla y enfrente había una serie de vitrinas que permanecían a oscuras manteniendo su interior censurado para los ojos más curiosos. Jenny los tenía y no podía perder la oportunidad de encontrar otro objeto fabuloso. La avaricia la llenó por completo. Quería más y más y enseguida pensó que estaba en el lugar adecuado y con el tiempo preciso. Ya no existían las voces, ni las bestias ni siquiera la pesada presencia de la niebla, sólo esas vitrinas que escondían algo, estaba segura. Las vitrinas estaban posicionadas en tres filas de cuatro objetos cada una. Sobre un pedestal de madera estaban los cuatro cristales opacos. La mujer dejó el libro de los muertos y la Estatuilla alienígena sobre la mesa de la sala y se acercó a la primera vitrina. La espió concienzudamente mirando el perímetro de la misma. No pudo ver nada. Deseo ver algo pero no vio nada. Solo oscuridad. Sus manos intentaron explorar la superficie acristalada pero las retiró bruscamente porque se quemaron al posarlas sobre uno de sus lados. No sabía lo que había en el interior de cada vitrina pero los cristales irradiaban un calor semejante al del Necronomicón. El aumento de temperatura la hizo recordar que poseía el famoso libro y fue en su búsqueda. Jenny lo miró sorprendida. El libro estaba abierto y que ella recuerde, lo había dejado cerrado sobre la mesa. La mujer se acercó más y comprobó que por donde estaba el libro abierto había un dibujo: era una especie de niebla envolvente como la que la había estado persiguiendo prácticamente desde el muelle. Sobresalía de un extraño edificio cuya arquitectura no era normal. Muros titánicos acababan en puntas inaccesibles. Ángulos sin fin ahogaban cualquier  espacio libre. Era como si el edifico cobrase vida y se retorciese por algún motivo.
   —Las Nieblas de Releh. —Leyó en voz alta.
El dedo femenino buscó algo más que la imagen, explorando los párrafos que seguían al icono. Releh, más conocido como R’lyeh fue la ciudad santa del gran Cthulhu. Hace eones fue el foco de atención del universo y ahora no era más que un conglomerado de ruinas, hundidas bajo el manto del océano Pacífico sepultando la morada del más grande de los Primigenios. Dejó de leer extrañada y desorientada, no entendía nada pero algo llamó su atención. La estatuilla no estaba. Jenny miró por todos lados y no vio nada. ¿Dónde demonios habría ido? Y lo más importante, ¿quién la habría cogido? La mujer miró nerviosa a su alrededor. Inesperadamente la luz se apagó y misteriosamente, el interior de todas las vitrinas se encendió proporcionando un fulgor rojizo al interior de la habitación.
    —Pe… ¿pero qué diablos?... —Volvió a sombrarse.
Del interior de la vitrinas se podía ver la misma estatua pero con diferente dimensión y peso. La señorita Barnes tenía a un pequeño ejército de estatuillas alienígenas a sus pies. Jenny se acercó a la primera fila mirándolas con una sonrisa.
    —¡No me lo puedo creer! —Dejó de mirarlas para mirar alrededor de toda la sala—. Esto no es un museo, es una feria de las vanidades.
La mujer no pudo contener su sonrisa pero algo volvió a llamar su atención. Sobre una escalera de caracol, que no había visto al principio, pudo observar en el cuarto escalón a su estatuilla. La mujer se aproximó hacia la escalera, comprobando que seguía hasta un segundo piso escondido en la oscuridad. La sala era más grande de lo que parecía a primera vista. Los pies de Jenny llegaron al cuarto escalón y su cabeza se pudo vislumbrar desde el segundo piso. Cogió la estatuilla y sonriéndola se aventuró al piso de arriba. Llegó a un balcón donde podía divisar toda la sala y las vitrinas, algo la mantuvo petrificada. Desde aquella altura pudo comprobar algo que no pudo ver a ras del suelo. Las vitrinas tapaban un dibujo abstracto a un primer visionado pero que acercándose empezaban a tener sentido. Era una especie de estrella de David muy grande. Inesperadamente la puerta de la sala explotó en mil añicos asustando a la mujer que se arrodilló automáticamente. La niebla empezó a invadir el espacio. El ente gaseoso se empezó a dividir formando cuatro hileras correspondientes a las cuatro filas de las vitrinas y rápidamente iba siendo succionado por cada una de ellas. Era como si las estatuillas chupasen todo la niebla. Jenny se levantó y comprobó que el extraño símbolo esculpido sobre el suelo de madera empezaba a iluminarse con un fulgor azulado, a medida que las estatuillas absorbían la niebla. La mujer bajo la escalera de caracol y vio que el Necronomicón había pasado de página. Ahora se encontraba en una que ponía: El Símbolo Arcano. O había alguien que quería que descubriese algo o estaba perdiendo completamente la cabeza esa noche."

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