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lunes, 10 de marzo de 2014

LOS TEMÁTICOS DE MARZO '14. PRESENTAN...


                               DE ESPADACHINES Y OTROS MENESTERES.

Cojamos nuestros mejores sombreros de ala ancha, nuestros floretes y nuestras capas y dispongámonos a realizar un viaje por un subgénero popular inabarcable. Alimentándose de la literatura, el teatro y el cine, se ha ido expandiendo por un universo de trúhanes, damiselas, malvados y avaros, provocando en el vulgo más de una risotada en la platea. Este mes viajaremos al siglo de oro literario, a la comedia del arte escénica, al cine de espadachines en una propuesta que nos ofrece la mezcolanza de personajes, historias y opciones artísticas con el único fin del goce contemplativo cultural. No es una cosa baladí que Don Lope de Villalobos y Sangrín y Don Armand Raynal de Maupertuis junto al conejo Eusebio nos den la bienvenida al género de la capa y la espada, se convertirán este mes en nuestros anfitriones de singular singladura.
Los principales protagonistas de la serie de la BD francesa, De Capa y Colmillos (De Cape et Crocs) de Ayroles y Masbou nos regalan algunas claves para empezar. A nuestra izquierda tenemos a un lobo humanizado, que representa a un hidalgo español y a la derecha a un humano "zorrorizado" que bien podía ser el mismísimo trasunto del gascón D'Artagnan literario francés. El subgénero subvierte empezando por la mezcla y distorsiona la contemplación. No son animales antropomorfos sino avatares de los personajes inventados por Cervantes y Dumas. Paradigmas de un tiempo y un espacio presto a ser transformado para siempre al ritmo de una estocada. Ambos escritores se apoyaron en lo popular para realizar una travesía que los llevaría a la inmortalidad artística. No me olvido de una figura nimia que inteligentemente está situada en el centro del dibujo y que casi no se percibe gracias a la cola de Don Armand. Es la personificación, o mejor dicho, la animalización de una de las herramientas fundamentales para llegar a tales cotas creativas: la inocencia o su sensación. El contemplar con ojos de niño todo aquello que el adulto ha pervertido. Es una mirada nueva, fresca sobre temas manidos que proporciona un giro inesperado a la estructura del contenido. Basándose en fenecidos temas recurrentes narrativos, los mutan en unos nuevos. Quizás los fénix literarios antes citados no fueron conscientes, sobre todo porque el genio siempre está preocupado generando arte, y por lo tanto aislándose del mundanal ruido circundante, pero la creación del conejo Eusebio, como ya descubriremos sumergiéndonos en las páginas del cómic, es la inocencia ubicada en la narración. Es el motor por donde se filtra el tema nuclear del teatro de oro y de la parafernalia de la capa y la espada, el honor y su dirimir. Sin él, nuestros bestiarios héroes no serían nada y sin ellos, no podríamos disfrutar como lectores, espectadores atentos a la diégesis por narrar.
Curiosamente Miguel de Cervantes citaba en su Don Quijote de la Mancha, ese "capa y espada" que se ha bastardeado popularmente. Si el escritor manchego ponía en solfa las novelas de caballería en su obra magna, los diferentes creadores que han utilizado el subtítulo, adjudicándoselo por derecho propio al subgénero, han mimetizado tal objetivo, mostrándonos en la mayoría de los casos el peligro que corren las modas: la saturación indiscriminadas de repeticiones narrativas que solamente llevan a un sitio, al callejón de la indiferencia. No obstante, intentaremos que los elegidos de este mes no sean esas representaciones, que si bien nacen de un mismo patrón, se diferencia en algunos momentos o se ejemplarizan en otros, demostrando un gran respeto a su fuente primigenia. Y es que hablar de subgénero o género viene a ser lo mismo, quizás exista una diferencia metodológica a la hora de estudiar el arte, proponiendo una división del mismo pero el concepto está engendrado en su raíz de igual manera en un caso que en otro.  El género se engendró en la oralidad clásica griega y nos ha sido legado, o más bien intercambiado, a las páginas literarias para después sufrir un proceso de espectacularización de masas. Por lo tanto, siempre ha estado entre el ser humano del ayer, del hoy y presumiblemente del mañana. Su presencia mítica alardea cualquier ejercicio artístico de cualquier disciplina. Por tanto hablar de subgénero no implica reducción de calidad, ni posicionamiento segundón hacia ciertas disciplinas representativas. De esta manera tendremos que hablar primeramente del teatro y la literatura para acabar con el arte que mejor los aglutina, el cine.


De la pluma nace la idea y de ésta sus diversas formas de representatividad. Siempre me acordaré de niño viendo esa magna serie de animación de la adaptación del Quijote, llevada cabo por el maestro Cruz Delgado, con la música de Antonio Areta y la pegadiza letra de Juan Pardo. Allí veíamos al manco de Lepanto empezar a escribir su historia. Con un zoom de aproximación nos adentrábamos en la noche manchega para vislumbrar la única luz que hacía frente a la oscuridad castellana. La génesis del teatro siempre la he querido recordar de esa manera. Una luz tenue lo suficientemente poderosa para alumbrar la creatividad y defenestrar la ignorancia y la incultura del páramo arrogante que la apresaba. Un gesto nimio pero férreo, la sujeción de una pluma ahogada en un tintero. La mano que la apresa pero al mismo tiempo la deja libre para explotar la narratividad. Cuánto artista, cuánto genio ha pasado realizando ese pequeño gesto, esa especie de genuflexión prensil, siendo representado su corpus narrativo hasta nuestros días. De Don Lope de Vega a Don Calderon de la Barca pasando por Don Francisco de Quevedo o Don Luis de Góngora. O explorando otras latitudes, de Sir Shakespeare a Monsieur Moliere con el paso de los años. De Sir Rafael Sabatini al Signore Emilio Salgari.


La construcción del espacio ideal de la fantasía, la ubicación de la tramoya, los palcos bien diferenciados situacionalmente con respecto al gallinero. El universo ficticio respirando por las cuatro paredes de un espacio invadido por ejércitos de ojos sedientos de risas, desplantes, amoríos y otros menesteres. El teatro es eso y mucho más. La multiplicación de la sensaciones se transfugó a otro lugar, una sala oscura, solamente violentada por un haz de luz poderosísimo que hería una superficie plana. Regreso a la luz, regreso a la farsa y a la mentira, el retorno a la ilusión, el cine en una palabra. De la época silente a la actual, la travesía a seguir es inagotable. Desde la versión de Rex Ingram del Scaramouche de 1923 a la de George Sidney en 1952 (sin menospreciar su versión de los Tres Mosqueteros que hizo en 1948), sin olvidarnos de un arquero de Sherwood y sus versiones múltiples (Robin de los Bosques de Michael Curtiz, 1938, o Robin Hood: príncipe de los ladrones de Kevin Reynolds, 1991) incluida la animada de la casa Disney (Robin Hood de Wolfgang Reitherman de 1973). Pasando por la vertiente bucanera de la capa y la espada, el Capitan Blood (1935, Michael Curtiz) o el Halcón del Mar (1940, idem) y su  legado pirotécnico (la trilogía de Piratas del Caribe). Incluso girando el globo terráqueo, no nos olvidaremos de otro justiciero enmascarado que también nos regaló momentos inolvidables (El signo del Zorro, Rouben Mamouliam, 1940) hasta desembocar, quizás en ese "totum revolotum genérico" que se ha transformado Star Wars. El duelo de espadas láser es una calcomanía de todos los choques de filo aparecidos en los films citados. Bien, de todo eso o de casi todo, intentaremos hablar en este mes. Así que sin demorarnos más, posicionemos nuestras brújulas y preparémonos a seguir su dirección.

¡Disfracémonos con nuestras mejores máscaras!:

                                             

¡Ubiquémonos en la acción!:

                                                 

¡Preparémonos para el romance!:

                                                    

¡Y Aprestémonos al duelo!:

     

Nunca el cine, el teatro, la música, el cómic o la literatura han tenido una espada como vinculo estético y estructural que vertebra toda una idiosincrasia genérica. ¡Qué se abra el telón!


¡Y qué empiece la función!:

                                                         

                                                         

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